Los 80’s , mis años maravillosos.

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Nací en la década de los 80, aquellos mis años maravillosos cuando los niños solíamos jugar en la calle reunidos en pandillas y nos perseguían los perros prófugos o exploradores.

Yo soy hermana menor y estuve “sometida” a las normas de mi hermano y su pequeño clan que no tenían muy bien vistas a las chicas, menos aún a las lloronas, lo cual me orilló a aprender a jugar fútbol desempeñándome como portera. Desde entonces mi hermano me habituó a recibir buenos golpes defendiendo la red y creciendo en un mundo de chicos.

Ahora ya soy bastante mayor como para pensar cómo serán educados mis hijos si algún día deciden encontrarme en su destino y analizar la forma en que la gente educa o maleduca a los suyos.

Hoy estaba pensando que los padres de esos tiempos eran mucho más relajados, “alivianados” como solemos decir en México, hacíamos las mismas cosas que los niños de la actualidad pero creo que sabíamos disfrutarlas, no vivíamos con el miedo en el cuerpo e intentábamos controlar nuestros impulsos y caprichos ante la mirada de nuestros padres, esos ojos que eran como una batiseñal que gritaba en silencio – Ojo que estás a punto de meter la pata hijito.-

Yo recuerdo haber tenido una infancia muy feliz, muy completa y muy tranquila. Mi padre nos llevaba al colegio mientras mi madre se iba al trabajo, por la tarde nos sentábamos todos a la mesa a comer juntos y mi padre regresaba a su oficina. Era entonces cuando comenzaban las aventuras, las clases de ballet, de jazz, de natación, las cascaritas (fútbol callejero) , el karate, el fútbol americano y una lista interminable de actividades extra escolares.

Nunca escuché a mis padres quejarse del tráfico, el estrés, el estatus, la crisis, el inglés, el francés, el internet, los ipods, los ipads, las tablets, las vídeo consolas. Ambos trabajaban y lo han hecho siempre, mi hogar siempre fue regido por la igualdad de género. Jamás me pusieron una mano encima pero tampoco me permitían cuestionar las formas en exceso. Sin embargo, siempre me enseñaron a expresar mi opinión haciéndome saber que mi voz era importante y que no había adulto que pudiera callar mi forma de pensar, claro desde la perspectiva del respeto y los límites.

Ahora que tengo contacto con mi generación ya adulta, no paro de escuchar miles de quejas y ni una sola solución e incluso me han dicho -por favor no tengas hijos- y me pregunto, será que los niños de ahora tienen velocidad real de descarga de 30 megas o que sus padres aún no encuentran el interruptor para apagarlos en medio de esas terribles pataletas. O quizá que los padres de ahora bajo la bandera de libertad han perdido el control del barco.

He visto a los niños a muchos de ellos, gritar, correr, golpear, mandar, retar, controlar, e infundir miedo a sus padres, sí, como lo digo, hay niños que le dan miedo a sus padres. Escucho posturas contra la violencia infantil, la libertad de pensamiento, el diálogo y la argumentación y hasta parece normal entrar a las librerías y encontrar libros de cómo educar a los hijos tiranos…  Ojo, no estoy a favor de la violencia con los niños pero sí creo en los límites, los buenos modales y la educación desde el núcleo familiar.

Mi padre siempre me dio todo en su debido momento, me enseñaron que la paciencia tiene recompensa y que las buenas notas en la escuela eran mi única obligación y que a cambio podría pedir y tener algo que realmente deseara.

Aprendí a desayunar, comer y cenar como la gente normal no conocí un restaurante de comida rápida hasta los 13 años, mi madre hasta la fecha hace las mejores hamburguesas del mundo y mi padre lo mejores bocadillos de queso.

En el colegio mi almuerzo eran salchichas, verduras, jamón, gelatinas y fruta. Mi gordura era consecuencia de unos espantosos genes no de mis malos hábitos alimenticios.

Pero a pesar de todo aún no me atrevo a decir que todas estas cosas no las haré con mis hijos pues como dice el dicho –Más pronto cae un hablador que un cojo– y yo por si acaso mejor me quedo callada.

Lo que sí me gustaría sería hornear y aderezar hijos felices, sanos, respetuoso y de buen carácter. Hijos nobles que ayuden a quien lo necesite pero sin ser tontos. Me gustaría pasear con ellos en el parque y salir a andar en bici o en patines como lo hicimos nosotros, pero ante todo me gustaría preparar a mis hijos para los tantos golpazos de la vida sabiendo valorar el dinero, la educación, el trabajo, los amigos sinceros y su familia.

Y me encantaría aprender a decir la palabra mágica que mi padre me enseñó –NO– acompañada de un – ya veremos después-  y prometer en silencio como él, que el “después” siempre llegaría como recompensa a ser buena y comprometida.

Nonona

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