Bridezilla o el síndrome de la novia psicópata

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Todas irremediablemente arrancamos la cuenta atrás, días antes o días después. Todas caemos en el estrés previo al gran día, el gran suceso, ese que muchas esperamos desde que tenemos nuestra primera Barbie vestida de blanco con su tiara de plástico enjoyada mirándonos sin piedad desde la estantería.

El ‘sí quiero’ es el inicio de una de las peores etapas de nuestras vidas, no lo digo por aquello de vivir con la misma persona el resto de la vida, ¡no! me refiero a los preparativos de la boda.

Yo siempre había escuchado eso de que las novias pierden la cordura meses antes de la boda, las peleas constantes con los prometidos, los desplantes a las madres, los odios a las familias políticas y muchas cosas más, y yo pensaba desde mi casa a 10,000 km de distancia del lugar de los hecho, ¡ESO no me va a pasar a mí! Pues más pronto cae un hablador que un cojo, dice mi madre.

Los primeros meses fueron miel sobre hojuelas, elegí mi vestido en 2 horas, después de probarme solamente 5 vestidos, récord para mí pues elegir unos jeans me lleva un par de días y varias visitas al centro comercial. Pero no me asusté, pensé y justifiqué que yo ya tenía una idea muy clara de lo qué quería desde muchos años antes. (¿no Barbie?)

Las invitaciones fueron pan comido, las elegí por Internet, me llegaron las muestras meses después desde México a Barcelona y me parecieron muy lindas, un check más a la lista. Elegí iglesia, jardín y cosas varias a la distancia, supervisé los últimos meses que todo cuadrará y me lancé a la aventura.

Las últimas semanas me noté un poco intensa, irritable, más de lo que soy de fábrica. Lágrima fácil, grito constante, odio enjaulado, oh, oh, oh, me estaba convirtiendo en Bridezilla.

Elegir las cosas que haría mi familia política fue muy estresante. Soy controladora, muy controladora y el domador de bestias estaba ocupado siendo el novio, el típico novio claro, sin preocupaciones, relajado, eligiendo las cosas sin prisas, vaya, el clásico novio de una psicópata perfecta.

Bueno, llegó el gran día y las cosas comenzaron a torcerse, yo que soy muy ducha en el tema de las bodas ajenas y la coordinación de eventos, pensé estúpidamente que todo estaría bien. Tenía un solo proveedor, una coordinadora de eventos muy pila, músicos decentes, un menú nada despreciable y una decoración floral perfecta, elegida con cuidado para recordar a mi abuela.

Muy cercana la hora me enfundé en mi vestido perfecto, y esperé, esperé lo que para mí sería una eternidad. El coche venía tarde, nunca lo había visto, lo sugirió alguien de la familia, y cuando por fin llegó ¡no me gustó! Too late, ¿no? Bueno con mucho, pero mucho trabajo me metí con un vestido de novia, por suerte, de cola corta en un dos plazas antiguo, solo que en el intento de no romperme la cara ni el vestido ¡me dejé medio maquillaje en el escote! Todos amablemente me dijeron que no se veía así que aguanté el aire y me encaminé a la iglesia. Por suerte, una de mis damas de honor sabía la forma ideal para desaparecer la mancha.  Los minutos antes de la ceremonia fueron un completo infierno, las fotos por aquí, la gente saludando, yo con ganas de hacer pipí cada 10 minutos, así que mi novio me llevó a comer chicharrones de carrito con salsita (típico mexicano) pero, no se alarmen, no hubo más manchas.

La ceremonia se celebró sin eventualidades mayores, dimos el ‘Sí quiero’ con 200 personas como testigos, nuestros padres y nuestros hermanos estaban elegantísimos, mi sobrina con solo 4 años lo hizo estupendamente bien como paje.

Nosotros habíamos elegido lecturas y lectores, la música corrió por parte de mis suegros y fue bastante acertada, lo único que mis damas estuvieron un poco confundidas, unas llevaban exactamente el mismo vestido, otras largos diferentes, otras tonalidades distintas, vaya que se pasaron mis mails por el forro. Bueno, dije eventualidades mayores ¿no?

Después vinieron los besos y abrazos de gente que en mi vida había visto y eso que hicimos un filtro muy grande en la lista de invitados. A este punto, muchas novias ya estarían medio sudorosas e infartadas. Yo por supuesto, aguanté como las grandes, gracias a que mi cuñada se pudo detener en la farmacia a comprarme un desodorante.

Llegamos al convite, pasamos por la sesión de fotos, el cóctel de bienvenida, y cuando entramos no me fui para atrás porque mi novio me estaba arrastrando de la mano, ¿quién pidió esculturas de hielo? ¡esos no son los centros de mesa que escogí, les dije que no pusieran canciones de animales! ¿Quién se acabó mi botella de cava? ¿esto no es helado de canela? y así unas horas más…

Mi coordinadora de eventos no vino porque tuvo un cliente sorpresa (€€€) que atender, y yo que estaba a punto de ponerme como ‘Carrie‘, aguanté como las grandes, con mucho desodorante y  tequila.

Y entonces el efecto del tequila se esfumó, los músicos hicieron lo que quisieron, pusieron las canciones de la lista negra y la lista buena no sonó jamás. Se cargaron la sorpresa que mi madre había preparado desde hacía meses y liberamos mariposas con mi marido y los invitados llenos de alegría, mi madre a punto de matar a alguien y yo con cara de ‘mamá, seré tu cómplice’.

El tiempo voló, cumplí la norma que dicen las revistas de novias, no llevé reloj, no me importaron los minutos, no tenía nada más importante que hacer ese día. Cuando se acabó todo me fui al hotel con mi marido, antes de bañarme le presumí mi bonita lencería para después quedarme dormida en el jacuzzi y despertar con los dedos arrugados, agotada, con los pies destrozados y casada para toda la eternidad.

Aunque eso sí, ¡qué buena fiesta le organicé al novio! porque no paraba de bailar y brincar el muy canalla mientras yo contaba hasta mil para no matar a nadie o cumplir aquello de ‘hasta que la muerte los separe’.

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