El día en que me convertí en la más aburrida de la fiesta.

eleonorsolano, escritoras mexicanas, blogger mexicana

Necesito coche le dije y después de mucho insistir, ¡lo conseguí! Después de 7 años de ir metro, tren y autobús a todas partes, (en Barcelona es muy sencillo ir en transporte público) decidí que estaba cansada de hacer trayectos largos cargada de libros, la tablet, el abrigo, el pañuelo y un largo etc. que a veces no cabía en mi bolso de mano.

Así que pensé que sería buena idea tener un coche, y ahí comenzó la terrible y triste historia de cómo me convertí en la más aburrida de la fiesta. Bueno pues resulta que en España no convalidan la licencia de conducir de México, así que por primera vez tomé clases teóricas y prácticas de manejo. Sí, señores a mis 33 años estaba yo ahí en la autoescuela con un montón de chicos ansiosos por cumplir 18 años y conducir por primera vez.

En fin, lo conseguí, obviamente no tenía dudas jajaja ¡claro que tenía! esta ciudad está sobreseñalizada, un día en un cruce conté 7 semáforos diferentes, ¡ojito! Aquí no hay experto que valga ni cafre que pueda con la pasividad de los conductores y poca precaución, yo por supuesto estoy acostumbrada a un estilo más…temerario.

Y ahí voy yo con mis zapatitos de hule por la ciudad, por fuera de la ciudad, al trabajo, al centro comercial, ¡vaya! hasta por los chicles, y me di cuenta tristemente que volví a mis ayeres mexicanos donde solo caminaba de la casa al coche y del coche a la casa. Bueno, nada grave, lo asumí. Lo curioso vino con la primera fiesta, y la segunda, y la tercera, cuando iba viendo caer uno a uno a los invitados, a mis amigos, a mi parejota y yo como el chinito <milando>.

¡Chas! la prueba de alcoholemia me permite, si bien recuerdo, dos cervezas o dos copas de vino, un cóctel o licor fuerte, y entonces vi como le salían alitas a mis tequilitas, mis aguardientes, mis mezcalitos… Bueno, volví a pensar, tampoco es tan grave, el médico ya me había dicho que evitará el alcohol por mis mil achaques y le vi el lado bueno, ya no podrían tentarme en esas bacanales.

Pues ¡mentira cochina! el sábado estuvimos en una fiesta de cumpleaños y nuevamente vi caer uno a uno hasta llegar al anfitrión y yo con cara de yogur natural sin azúcar pensé otra vez, ¡damn you! encima de todo, YO llevé el mezcal y vi con dolor como se evaporaba en las bocas de un montón de desconocidos, mientras yo tomaba agua porque además alguien se tomó la única coca cola light que había llevado. Me dieron las diez y las once, las doce y la una, y las dos y las tres, y a las cuatro de la mañana que todos bailaban como podían, decían incoherencias, y prácticamente comían por los ojos, agarré a mi caballero de brillante y peluda armadura y me fui.

En el coche, mi caballero que inteligentemente no tiene carné de conducir, se tuvo que aguantar el rollo de la sobria, <estoy cansada, me duelen las piernas, tengo hambre, estoy aburrida> y una lista de quejas que acabó, para su suerte, cuando escuché una de mis canciones favoritas y decidí perder la cabeza a mi estilo mientras llegábamos a casa en mi flamante y blanco corcel.

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Ella, mi Noviembre, mi país congelado.

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Tu padre me contó que vienes de un país congelado donde las pequeñas personas viven en cápsulas enanas esperando su misión.

Ya desde pequeña sabías cuál era tú lugar y decidiste llegar en un momento revuelto, lleno de confusión. Pero tus ilusiones siempre han sido más grandes que todos nuestros pensamientos y has llegado aquí al mundo dónde los fríos no son como los tuyos y nuestros calores son más humanos.

Las enanas ideas han venido contigo llenando de luz el cielo tenebroso ahora vemos en tus ojos el mar y las tormentas en tus labios y has traído la señal en la frente de aquellos que te han elegido para nosotros.

En tu país congelado estabas tranquila pero nunca ausente esperando el momento perfecto para construir tus palacios y tus princesas.

Ahora que tus sueños ya no son tan etéreos me pregunto ¿qué pasará por tu pequeña sonrisa y cuándo será el momento que puedas contarnos tus deseos?

Te miro a lo lejos y pareces una figura de porcelana, cubierta con los tonos rosas de los arcoiris en la montaña, eres un sueño y desde antes de dejar tu pequeño país nosotros ya teníamos para ti un pequeño planeta inventado.

Nonona

Los 80’s , mis años maravillosos.

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Nací en la década de los 80, aquellos mis años maravillosos cuando los niños solíamos jugar en la calle reunidos en pandillas y nos perseguían los perros prófugos o exploradores.

Yo soy hermana menor y estuve “sometida” a las normas de mi hermano y su pequeño clan que no tenían muy bien vistas a las chicas, menos aún a las lloronas, lo cual me orilló a aprender a jugar fútbol desempeñándome como portera. Desde entonces mi hermano me habituó a recibir buenos golpes defendiendo la red y creciendo en un mundo de chicos.

Ahora ya soy bastante mayor como para pensar cómo serán educados mis hijos si algún día deciden encontrarme en su destino y analizar la forma en que la gente educa o maleduca a los suyos.

Hoy estaba pensando que los padres de esos tiempos eran mucho más relajados, “alivianados” como solemos decir en México, hacíamos las mismas cosas que los niños de la actualidad pero creo que sabíamos disfrutarlas, no vivíamos con el miedo en el cuerpo e intentábamos controlar nuestros impulsos y caprichos ante la mirada de nuestros padres, esos ojos que eran como una batiseñal que gritaba en silencio – Ojo que estás a punto de meter la pata hijito.-

Yo recuerdo haber tenido una infancia muy feliz, muy completa y muy tranquila. Mi padre nos llevaba al colegio mientras mi madre se iba al trabajo, por la tarde nos sentábamos todos a la mesa a comer juntos y mi padre regresaba a su oficina. Era entonces cuando comenzaban las aventuras, las clases de ballet, de jazz, de natación, las cascaritas (fútbol callejero) , el karate, el fútbol americano y una lista interminable de actividades extra escolares.

Nunca escuché a mis padres quejarse del tráfico, el estrés, el estatus, la crisis, el inglés, el francés, el internet, los ipods, los ipads, las tablets, las vídeo consolas. Ambos trabajaban y lo han hecho siempre, mi hogar siempre fue regido por la igualdad de género. Jamás me pusieron una mano encima pero tampoco me permitían cuestionar las formas en exceso. Sin embargo, siempre me enseñaron a expresar mi opinión haciéndome saber que mi voz era importante y que no había adulto que pudiera callar mi forma de pensar, claro desde la perspectiva del respeto y los límites.

Ahora que tengo contacto con mi generación ya adulta, no paro de escuchar miles de quejas y ni una sola solución e incluso me han dicho -por favor no tengas hijos- y me pregunto, será que los niños de ahora tienen velocidad real de descarga de 30 megas o que sus padres aún no encuentran el interruptor para apagarlos en medio de esas terribles pataletas. O quizá que los padres de ahora bajo la bandera de libertad han perdido el control del barco.

He visto a los niños a muchos de ellos, gritar, correr, golpear, mandar, retar, controlar, e infundir miedo a sus padres, sí, como lo digo, hay niños que le dan miedo a sus padres. Escucho posturas contra la violencia infantil, la libertad de pensamiento, el diálogo y la argumentación y hasta parece normal entrar a las librerías y encontrar libros de cómo educar a los hijos tiranos…  Ojo, no estoy a favor de la violencia con los niños pero sí creo en los límites, los buenos modales y la educación desde el núcleo familiar.

Mi padre siempre me dio todo en su debido momento, me enseñaron que la paciencia tiene recompensa y que las buenas notas en la escuela eran mi única obligación y que a cambio podría pedir y tener algo que realmente deseara.

Aprendí a desayunar, comer y cenar como la gente normal no conocí un restaurante de comida rápida hasta los 13 años, mi madre hasta la fecha hace las mejores hamburguesas del mundo y mi padre lo mejores bocadillos de queso.

En el colegio mi almuerzo eran salchichas, verduras, jamón, gelatinas y fruta. Mi gordura era consecuencia de unos espantosos genes no de mis malos hábitos alimenticios.

Pero a pesar de todo aún no me atrevo a decir que todas estas cosas no las haré con mis hijos pues como dice el dicho –Más pronto cae un hablador que un cojo– y yo por si acaso mejor me quedo callada.

Lo que sí me gustaría sería hornear y aderezar hijos felices, sanos, respetuoso y de buen carácter. Hijos nobles que ayuden a quien lo necesite pero sin ser tontos. Me gustaría pasear con ellos en el parque y salir a andar en bici o en patines como lo hicimos nosotros, pero ante todo me gustaría preparar a mis hijos para los tantos golpazos de la vida sabiendo valorar el dinero, la educación, el trabajo, los amigos sinceros y su familia.

Y me encantaría aprender a decir la palabra mágica que mi padre me enseñó –NO– acompañada de un – ya veremos después-  y prometer en silencio como él, que el “después” siempre llegaría como recompensa a ser buena y comprometida.

Nonona