Una niña de corazón viejo

Si nací pequeña no lo sé con exactitud, sólo sospecho que muy probablemente he nacido con un corazón viejo lleno de recuerdos prestados que es difícil diferenciar.

Tengo memorias imborrables de eventos alegres y melancólicos que me envuelven con aromas a ternura, de figuras entrañables que me hacen pensar que mi pasado es sólo una muestra de todo aquello que una persona, pequeña o grande, puede vivir o desvivir.

Siempre he confiado en el tiempo como consejero y escuchado en el viento rumores de lo que podría ser un eterno fotograma de trozos de mi vida. Pero al final el silencio y el olvido siempre empiezan a mermar la memoria y comienzan a borrar poco a poco lo que podría ser un pequeño crucigrama que entrelaza palabras y recuerdos en mi cabeza.

Cuando era pequeña, si alguna vez fui pequeña, odiaba el olor a café en el aliento de la gente y al hacerme mayor comprendí o asumí que podría ser un signo de intelectualismo, pleno de misticismo. Aunque después de todo me he dado cuenta que no es más que un vicio, un simbolismo social que aceptamos al sentirnos envueltos en un ambiente de letras y poesías pero que aquellas semillas verdes que se van tostando al sol con tanta dulzura no hacen más dulce a quien las toma, pero tampoco amargan la vida aunque estén recalentadas en demasía.

Toda la vida he odiado el olor a jazmines, cuando camino por la ciudad cubierta de naranjos por los paseos, observo como las personas dan grandes bocanas como queriendo comerse a besos esos olores mientras yo sólo pienso en lejía, esos aromas a flores me llevan a muerte, a cementerio quizá por eso las plantas en casa sólo sobreviven un par de días, para mí las flores sólo viven entre ellas y no en los jarrones, casi como cuando mi madre me dejaba entre sus amigas que con sus preguntas me llevaban a desear hundirme y convertirme en cenizas pequeñitas y volar, volar lejos y ser sólo polvo.

Quizá es que yo nací con un corazón viejo, porque hay cosas a las que nunca le he encontrado sentido, me gusta el silencio, me gusta la soledad, me dan miedo los lugares llenos de gente y los ruidos sordos me agobian.
Pero la gente mayor me da angustia, me parece tan incomprensible como el lenguaje del balbuceo. No sé si nací con un corazón viejo, prestado o vacío.

Tal vez nací a destiempo y por eso no comprendo ni soy comprendida. Soy un pequeño animal de costumbres y casi cada día hago lo mismo, pero eso no me limita a no cuestionarlo todo, hay miles de cosas que no comprendo, porque quizá tengo un corazón de grande pero tengo ojos de pequeño, y me siguen sorprendiendo las mismas cosas de siempre aunque las haya visto una y mil veces. Y gracias a la suerte tengo muy mala memoria y puedo vivir las cosas constantemente y olvidar el final repetidamente.

Hay pocas cosas que me ilusionan en la vida, como cuando vas por la calle y el viento te levanta la falda o te deja el paraguas hecho trizas. O descubrir tesoros en los bolsillos cuando ya los habías olvidado. Y por otro lado me causa una terrible desilusión darme cuenta que ha desaparecido algo a lo que ya estaba habituada.
Me gusta andar por las calles, mirar a la gente, a los perros, a los niños, me encanta como los perros persiguen a las palomas, y como irremediablemente en las tormentas las personas corren siempre bajo las cornisas como si el agua les encogiera los pies.

No me gusta escuchar a la gente porque siempre me invento miles de historias, siempre he pensado que dentro de la cabeza tengo una pequeña fábrica de hilado de pensamientos e incluso cuando las cosas no pasan en mi cabeza siempre pasan, siempre tengo conversaciones y diferentes versiones de los hechos en la mente, quizá por eso es que siempre me confundo, que soy despistada y que siempre me pasan cosas graciosas por la calle.

Me gusta reírme de la vida y con la vida, aunque a veces parece que no hay grandes motivos, pero una de las cosas que más disfruto son las tardes de llanto. Los inviernos largos y los otoños cobrizos.
Me gusta la poesía escribirla no leerla, los buenos libros, los cuentos infantiles, los sueños pero no las pesadillas, aunque siempre las tengo. Me gusta estar sola pero no sentirme sola en compañía.

Agradezco ser amada y soy entregada, apasionada casi desgarrada, me exilio del mundo pero siempre hay alguien que me llama a destiempo.
No odio a nada ni a nadie porque me parece una pérdida de tiempo, tengo mucho dolor en el alma pero eso no me impide ser fuerte. Me he sentido frustrada y feliz al mismo tiempo aunque ni yo misma lo comprendo.

Soy crítica, posesiva y demandante, no soy cariñosa ni dulce quizá sólo porque mi corazón nació viejo, cansado o sin tiempo.
A veces recuerdo pocas cosas y otras me acribillan los momentos, tengo presencias a cada instante de lo que fui y lo que deseé ser. Y casi aseguro que el peor momento del día es cuando me veo en el espejo y no reconozco mi reflejo. Porque cuando el alma está cansada no hay más remedio.

Nonona

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